06 marzo 2009

El Crómlech de Crúor









Yo creo
Tú crees
Ella cría
El criba
Nosotros croamos
Ustedes croman
Todos se creman

En el taller de Beatriz Plaza

28 febrero 2009

Marte, el planeta rojo


De aquella jaula
aún queda en la pared
el clavo inútil.
Palmira (Valencia)


Guido hacia todos los días lo mismo. Habia aprendido que la disciplina era necesaria, pero cada día la misma historia, ya empezaba a aburrirle. Se levantaba todos los días a las cinco dela mañana; hacia gimnasia con los aparatos que le había comprado Lola, a plazos; después, tocaba ducharse y desayunar con su mujer y sus hijos. Cuarenta y cinco minutos de vorágine, gritos carreras y desayunos rápidos hasta que los cuatro salían despedidos por la puerta a las 7 y 23 minutos -el incluido-, con la particularidad de que Guido se quedaba enganchado en el marco de la puerta, y desde allí se despedía de todos.
Hoy, en el silencio humeante después de la estampida, se dio media vuelta y sintió como le miraban fijamente todos aquellos platos y tazas sucias del desayuno, los posos del café, las migas de la tostadora, las servilletas con labios de fresa acida... Ahora, le tocaba poner orden en todo aquello. Guido, podíamos decir, era el amo de casa. Esta era su nueva profesión desde que su linda esposa consiguiera canjear los anos que le quedaban de prisión por arresto domiciliario.
Se supone que en vez de pudrirse en la cárcel, mejoraría su calidad de vida, fermentando en casa. Lo decía clarito aquel escrito, magistralmente redactado: “solo podría abandonar el recinto domiciliario (osea la ‘casa’) en caso de estricta emergencia, véase enfermedad grave o accidente”.
Iban ya para cinco anos que no abandonaba aquellas paredes que golpeaba ahora con sus manos desde el marco de la puerta. Se sabia de memoria cada rincón de la vivienda. Tenía un mapa en la cabeza de todas las manas y transformaciones discretas de la casa. La mancha de la pared que parecía un dragón blanco atrapado bajo el papel del pasillo, la tortuga aplastada que yacía de subida a las habitaciones y la cresta de dragón que salía cada mes debajo del fregadero; también estaba la esquina rota bajo la moqueta del cuarto escalón, y la lavadora loca que cuando centrifugaba se acomodaba en medio de la cocina. En un rato, el sol convertiría en el planeta rojo, la esfera del balaustre de la escalera y a esa hora ya debería haber terminado de recoger la cocina y los baños.
Cada día se abrasaba la mano que le quedaba libre en aquella bola incandescente, al bajar todos los bártulos de limpieza. Cada día se juraba y perjuraba que no agarraría nunca mas esa bola de fuego para bajar las escaleras, pero aquel escalón defectuoso le bufoneaba, y como un acto reflejo volvía a abrazar al pequeño Marte.
Un ligero olor a chamuscado se paseo por su nariz. Se toco la palma de la mano –todo estaba bien-; de reojo miro a Marte, que aun dormía. Los olores eran otra huella indeleble del mapa. Su pituitaria guardaba un registro actualizado de todos los olores de la casa por momentos. Por ejemplo si ahora, en vez de ir a atender a todos aquellos platos mugrosos de la cocina, subía al cuarto de los niños, notaria ese tufillo a chicle de fresa viejo con colonia y a sudor de clase de gimnasia; por el contrario si pasaba por allí después de comer, los ordenadores y los muebles pareciera que se hubieran confabulado y segregaban una fragancia a plástico y madera que desaparecía por la tarde. Si ahora decidía tumbarse en su cama, seria invadido por el bálsamo pijama arrojado y condón furtivo, derramados ambos a su libre albedrio por la geografía rectangular del cuarto; si en cambio resolvía sentarse cómodamente a leer en el salón, degustaría el olor a polvo mas tapicería descolorida, alentado por el foco solar que cruzaba los vidrios de la sala revelando la danza redonda de todas aquellas burbujas diminutas girando hacia arriba en aquel tubo de luz amarilla, que provocaba agarrar y bebérselo de un trago.
Inmóvil en la puerta, parecía una estatua de cemento autofraguante por fuera; por dentro, todos sus microorganismos estaban enviando mensajes y tomando decisiones a toda velocidad: café, mugre, dragón, Marte, gimnasio a plazos, sofá, champagne, en busca del codón perdido, puerta, adiós, niños, silencio, despertador.
Se quito el delantal de rayas, agarro su bastón y dijo:
-Que se queme la casa, para fermentar aquí, me pudro en la cárcel.

27 febrero 2009

Como hacer PAN




- Mama, PAN.
Y la mato.

On short stories

23 diciembre 2008

FELIZ Y CREATIVO 2009

Escaparate de una tienda en Madrid por Aga Inés

Desde la calle C, les deseamos un año 2009 bien Creativo, full de lecturas y full de escritura.


Gracias a todos los seguidores, visitantes y participantes de la calle C por sus comentarios y sus aportaciones creativas. Queremos seguir trabajando juntos en el 2009

14 diciembre 2008

homenaje a "He matado a un hombre"

Cine doméstico "He matado a un hombre" de Antonio Docampo.

Marina estaba empezando a ponerse nerviosa. Hoy aún no había llamado. Él siempre es superpuntual. No se retrasa ni un minuto. Siempre la llama a las nueve. Sí, es un celular y podría estar en la calle, o en cualquier lado, pero prefiere esperar en casa, sola, atenta al celular sobre la cama de su habitación. Así tiene más intimidad y se siente más cerca.

Las nueve y un minuto:

­─riiing.

Ese ring de las nueve de las noche suena tan diferente. Es tan él.

─Hola amor. ─Respondió Marina en seguida, sin dejarlo sonar una segunda vez.

─Marina, ten mucho cuidado. Parece que no dan con el violador ese. Anoche cayó otra. Si sales a la calle no salgas sola. ─dijo él precipitadamente, sin apenas escuchar a Marina.

Cuando de pronto, Marina escuchó un sollozo:

─Aahh! Nooo…

─Martin, ─gritó ella─. Martín, ¿Qué pasa? ¿Quien está ahí?

Se apretaba el celular contra la oreja para lograr pasar del otro lado. Oyó un golpe. El celular de Martín había caído al suelo. Quería salir corriendo a buscarlo, pero ¿A dónde?

Marina seguía gritando al celular:

─Martiiiin, contéstame.

Se oyó otro golpe: una puerta. Alguien salió, o entró. No sabía. “¿Martín o quien?…” pensó.Se oyeron voces. Había mucha gente del otro lado. Arrastraban algo o a alguien.

─Martiiiin, háblame, gritó por última vez.

Con el celular pegado a la mejilla aún, decidió colgar y llamar a la policía. Nunca había usado ese celular para llamar a nadie. Marcó el número de la policía. En aquel celular solo había para escuchar la voz de Martín. Volvió a colgar. No quería escuchar otra voz desde allí.

Desconsolada, salió escaleras abajo con el celular en la mano, para pedir ayuda. Marcó el número de Martín con aquellas manos temblorosas. Sonaba ocupado. Nunca tenía que haber cortado la comunicación. Ahora no podía comunicarse con él de ninguna manera. Sólo quedaba esperar que él se comunicara con ella. De pronto vio un hombre subir escaleras arriba. Tenía muy mala pinta. Tenía algo de siniestro. Llevaba la ropa sucia. Desde arriba, veía unas manchas blancas sobre los hombros y sobre la gorra que le tapa la cara. Era corpulento y subía rápido. De vez en cuando miraba hacia atrás. “El violador” pensó de repente y se quedó paralizada. El celular se le resbaló de las manos y al caer sobre las escaleras del tercer piso, el hombre alzó la cabeza y se encontró con su mirada. Marina corrió escaleras arriba todo lo rápido que pudo. El también se puso a correr. Tengo que llamar a la policía, se repetía. Las llaves. No podía abrir. Ese hombre ya estaba demasiado cerca. Logró meter la llave en la puerta. Se dio media vuelta y él ya estaba al alcance de la mano. Llena de terror, se abalanzó contra él y lo empujó, escaleras abajo. El hombre cayó de espaldas y rodaba escaleras abajo. No vió más. Giró la llave. Abrió la puerta. Cerró de un portazo y corrió al teléfono de casa para llamar a la policía. La manos la temblaban, los dedos no atinaban a marcar. Se equivocó de numero. Mientras, la televisión que estaba encendida, anunció:
─Este es un mensaje para tranquilizar a la población, la policía de Mérida ha detenido aesta noche al violador de Mérida....
Mientras, al teléfono respondía a su llamada:
─Oficina de Policía de Mérida, Dígame. Dígame por favor. Oiga,¿Hay alguien al aparato?

Sus labios pronunciaron estas únicas palabras:
─He matado un hombre.