09 septiembre 2009

la autopista


Las Mercedes
Santa Fé
La bonita
La Naya
Las Minas,
todas mías
y,
todos los días

08 septiembre 2009

en el ascensor


Tatiana corrió unos metros para entrar al ascensor justo antes de que se cerraran las puertas. “Por los pelos” pensó. Las puertas se cerraron y la escondieron en una inerte oscuridad.
─¡Coño! Llego tarde y ahora esta mierda se para.
Buscó a tientas los botones, la luz de emergencia, lo que fuera. Apretó todas las teclas que encontró, pero todas parecían estar de adorno.
─Con el gafe que llevo últimamente, seguro que he cogido el único ascensor que se ha estropeado en todo el edificio. ¡Muévete, cabrón! ─le gritó a la caja oscura en la que se encontaraba.
Todo su cuerpo se vino abajo con un resoplido. Dejó caer los brazos y las carpetas que llevaba apretadas contra su pecho. Hoy se había se había dormido otra vez, el metro había tardado un siglo en llegar y ahora el ascensor la había tragado en un no-espacio y en un no-tiempo.
Un sudor rezagado empezó a manifestarse, fruto del sofoco de la carrera para entrar al ascensor y de la mente torpe, que no acaba de dar con ninguna historia convincente para explicar el tercer día seguido que no llegaba a la hora.
Una voz interior cada vez más lejana, todavía intentaba exigirle al resorte mecánico “Vamos, bonito, muévete. No me hagas esto, joder. Hoy no. Muévete por lo que más quieras.” Pero el cuerpo no la acompañó y las palabras se evaporaron entre las miles de bifurcaciones de su cerebro.
En medio de la nada negra, de pronto se sintió como desnuda. Instintivamente comenzó a estirarse la falda a colocarse bien la blusa y ordenarse el pelo. Más que por si se abría de repente el ascensor, por sentir los diferentes tejidos de su ropa en orden. Estaba vestida, y bien al menos. Todo no iba tan mal entonces. Sus pies querían salirse de los zapatos. Encontraba absurdo estar suspendida en el aire con tacones. De alguna manera aquella leve gravedad tiraba de sus pies hacia abajo. Estaba de puntillas encima del hueco del ascensor, ese precipicio angosto y estrecho como los vanos de las escaleras de sus sueños. Se quitó los zapatos con desespero, y al sentir la planta del pié reposar sobre una moqueta suave y plana, imaginó que se apeaba de un mal sueño.
Le vino a la mente el cuarto oscuro de la escuela, frío y húmedo. No se veía nada y el tiempo no pasaba hasta que la monja abría la puerta de golpe y le caía encima un saco de luz que la cegaba durante unos minutos; por lo menos ahora había ganado en estatus, este cuarto estaba todo forrado de moqueta, no hacía frío y estaba sequito. En realidad, se parecía más bien a los cuartos acolchados de los psiquiátricos. Si llegaba a un punto de desesperación grave, no había peligro de autoagresión, las paredes le rebotarían al centro o a la otra pared y ésta a la otra y así sucesivamente hasta…¿cuándo?.
Luego vino el cuarto oscuro de los fotógrafos; con una sonrisa pícara, cayó en la cuenta que curiosamente sus dos ex maridos habían sido fotógrafos de profesión. No creía que era el momento, ni el lugar adecuado para tales revelaciones, pero de nuevo volvía aquel laboratorio de sombras a revelar caras, gestos, paisajes…
Recordaba la danza de los líquidos, las bandejas, el agua, la emulsión, los papeles sensibles, la cuerda, las pinzas, las imágenes colgadas, y al encender la luz, como por arte de magia, aparecían las caras, los cuentos, las historias… ¿Sería así como funcionaban los recuerdos? Deambulaban en un cuarto oscuro infinito haciendo mil piruetas hasta que de pronto un guiño, un sentimiento o una luz los fijaba en un papel… ¿Por qué siempre tenía que haber un cuarto oscuro en la vida de uno?

Pero, ¿cuanta gente había con ella? ¿Estaba sola? ¿Quien estaba con ella? Su cuerpo reculó hacia atrás buscando la esquina del ascensor. ¿Cómo es posible que no supiera si había alguien con ella cuando entró? Con la retaguardia cubierta, agudizó la vista al máximo con el afán de penetrar la oscuridad y escudriñar el trazo de alguna silueta. Definitivamente la vista no era el sentido más apropiado para esta situación.
Volvió la respiración acelerada, pero esta vez no era la suya. Alguien o algo respiraba a destiempo a la altura de sus rodillas.
─¿Cuantos somos? ¿Quien está aquí? ¿Quién és?
Y no hubo ninguna respuesta, solo aquella respiración cada vez más apurada que venía de abajo.
¬─Responda por favor ¿Quién está aquí?
"¿Será un perro?" pensó, claro que si fuera un perro, se habría puesto a ladrar, a no ser que estuviera herido. Se agachó lentamente, dejando resbalar la espalda contra la pared del ascensor y sujetando las carpetas con una mano por si tenía que defenderse; se puso a palpar, con la otra, hasta dar con la solapa de un traje que estaba tumbado en el suelo. Tropezó con la cartera que le pertenecía, y del sobresalto soltó las carpetas y lanzó un grito irreprimible.
─Ahhhh! Un muerto!!! Que alguien me ayude, por favor!!!!
Su grito no descosió ni un hilo de aquella oscuridad. Ahora estaban la negrura tupida y dos respiraciones jadeantes desacompasadas. Con ambas manos, se puso a buscar la cara del muerto siguiendo la geografía del traje: solapas, cuello y por fin la cara. Tocó unos lentes, estaba sudando, …estaba caliente.
─Oiga señor, señor…─le repetía al tiempo que le meneaba la cabeza─ señoR, señor, por favor, señor…
─¿Y entonces, estamos los dos solos?, preguntó Tatiana, con un sentimiento doble de alivio por controlar la situación, pero con la ansiedad de saber que nada más estaban ellos dos, y ahí podía pasar cualquier cosa.
El señor le agarró una mano, y Tatiana le soltó una bofetada con la otra, como un resorte, como un acto involuntario, como si esa palanca hubiera activado los código atávicos de que hacer en caso de ataque. La mano se desplomó al vacío.
Su tacto le trajo la imagen de una mano que sujetaba las puertas del ascensor cuando ella entraba corriendo. Sí, era una mano blanca y pálida, y afilando aún más el recuerdo, la mano llevaba las uñas muy bien cortadas. Subía por la manga hacía arriba en su memoria y no veía más que un borrón de nervios que trataban de empujar hacia arriba ese maldito ascensor y estar allí en su oficina desde hacía rato.
El hombre sudaba y sudaba. Intentó darle unas palmaditas en la espalda, para subsanar lo de la bofetada de antes, pero pesaba muchísimo. Le retiró las gafas, le aflojó la corbata y el botón de la camisa.
─Ay! señor no se muera por favor. Esto es lo que me faltaba hoy, ─dijo ente dientes─ Pero ¿se puede saber que están haciendo ahí fuera? ─gritó al aire negro pidiendo explicaciones.
Empezó a chillar desesperada y a dar golpes con los zapatos en la puerta. Estaba sentada en el suelo marrón del ascensor, con su traje granate y sujetando la cabeza de un tipo al que no conocía.
Por la mejilla lisa empezó a manar agua. El señor estaba llorando.
─Ay señor, no se ponga triste, ─dijo mientras dio otro golpe con el tacón en la puerta─ que ahí fuera están haciendo lo posible por sacarnos de aquí. Piense en otra cosa, piense en su mujer y en sus hijos.
Y el agua manó con más fuerza.
─Cuando yo tenía miedo de pequeña, mi mamá me cantaba al tiempo que me acariciaba la cabeza. Eso relaja mucho. Usted va a ver.
Y Tatiana comenzó a limar aquella oscuridad con su voz.

Sol, solet,
vine'm a veure, vine'm a veure.
Sol, solet,
vine'm a veure que tinc fred.

Si el fondo de la escena hubiera sido un bosque romántico, hubiéramos pensado que esta pareja de niños se había ido de picnic con su manta de cuadros y la cesta de comida para hacer las fotos de un bonito calendario, pero así, todo en negro, a Tatiana le parecía más próximo a una imagen urbana de dos indigentes desahuciados pidiendo limosna en la calle.
La hebra de su voz iba tirando de la madeja del recuerdo melodías infantiles que le cantaba su mamá cuando era pequeña, poemas aprendidos en el colegio, estrofas de canciones que se le habían quedado pegadas….

Menos tu vientre
todo es futuro
fugaz, pasado,
baldío y turbio.

Y así, tapizando de colores las paredes de aquel cuarto oscuro, imaginaba que estaba con un tipo joven, de unos veinticinco o treinta años, alto y apuesto, economista –por lo de las gafas-, sin barriga, cuando de pronto (con la excusa de abrirle un poco más la camisa, y quitarle la corbata), se sorprendió palpando un poco más abajo y confirmando efectivamente que no tenía barriga.
Petrificada por su atrevimiento, enmudeció y el tapiz de arena se desintegró. Se apartó físicamente del tipo, que se había quedado dormido.
─¿Y si era un psicópata y tenía un arma en su maletín? La degollaría allí mismo, bueno primero la violaría y luego la estrangularía. Tenía que salir de allí como fuera.
─Gracias, soy claustrofóbico y no soporto los lugares cerrados, ─dijo el hombre recuperando poco a poco el ritmo de su respiración.
─ “¡Soy no-sé-qué-fóbico! No te digo, que tengo aquí al lado a un tipo psicópata de estos” Aquella voz que venía de la oscuridad profunda, le sonó a general calvo con parche en el ojo, avanzado en edad y con muchas, muchas medallas e insignias en la solapa, al mando de los ejércitos internacionales en una misión secreta.
Ella se había encaramado en un saliente que había cerca de los botones y empezó a gritar desaforadamente.
─Ay nooo! , por favor no me haga nada. No me mate por favor. Haré todo lo que usted diga. No le diré nada a nadie, pero por favor, no me haga nada. ¡Se lo suplico!
─Cálmese, que no le voy a hacer daño.
Mano por aquí y mano por allá, blandiendo desde un hacha hasta un florín, sin querer, le volvió a dar una bofetada.
Ambos se quedaron parados, inmóviles y en silencio. El tiempo se detuvo siglos en aquel instante. Ningún pensamiento pasó por sus mentes. Los gestos quedaron congelados y la oscuridad se tragó las miradas. Pero la biología que es muy sabia siguió su curso y dentro del lagrimal de Tatiana se fue formando un cúmulo de agua que inundó el embalse de sus ojeras, arrastró restos de rimel y se desbordó por la mejilla hasta saltar en caída libre en el rostro del extraño.
(continuará...)
Se admiten y se piden sujerencias para darle un final a la historia. ¿Sacamos a los persdonajes del ascensor? ¿como? ¿les ponemos alguna dificultad más de la que se ponen ellos mismos? ¿Hacia donde les llevamos en la segunda parte de EN EL ASCENSOR? ¿Que harían ustedes?

08 agosto 2009

procrastination

03 agosto 2009

le tengo miedo a lo infinito

En ocasiones, un grito de desasosiego quebraba la noche:
−¡Papáaaaa!!!!!!!
Papá se despertaba y galopaba al dormitorio de María:
−¿Qué pasa hija?
−Que tengo miedo y no puedo dormir.
−No te preocupes, que papá está contigo.
−Pero es que no puedo parar de pensar.
Papá la envolvía en sus brazos y le preguntaba:
−y ¿qué piensas?
−Tengo miedo a lo infinito.

A los días.....
En ocasiones, un grito de desasosiego quebraba la noche:
−¡Papáaaaa!!!!!!!
Papá se despertaba y galopaba al dormitorio de María:
−¿Qué pasa hija?
−Que tengo miedo y no puedo dormir.
−No te preocupes, que papá está contigo.
−Pero es que no puedo parar de pensar.
Papá la envolvía en sus brazos y le preguntaba:
−y ¿qué piensas?
−Tengo miedo a lo infinito

A los meses...
En ocasiones, un grito de desasosiego quebraba la noche:
−¡Papáaaaa!!!!!!!
Papá se despertaba y galopaba al dormitorio de María:
−¿Qué pasa hija?
−Que tengo miedo y no puedo dormir.
−No te preocupes, que papá está contigo.
−Pero es que no puedo parar de pensar.
Papá la envolvía en sus brazos y le preguntaba:
−y ¿qué piensas?
−Tengo miedo a lo infinito.

A los años...
En ocasiones, un grito de desasosiego quebraba la noche:
−¡Mamáaaaa!!!!!!!
Mamá se despertaba y volaba al dormitorio de Joan:
−¿Qué pasa hijo?
−Que tengo miedo y no puedo dormir.
−No te preocupes, que mamá está contigo.
−Pero es que no puedo parar de pensar.
Mamá la rodeaba con sus brazos y le preguntaba:
−y ¿qué piensas?
−Tengo miedo a lo infinito.

30 julio 2009

miedo






















le tengo poesía al miedo

29 julio 2009

BES.O.S.












Ya no quiero besos con dientes de lobo,
ni lágrimas de cocodrilo.

Ya no quiero besos soplados,
ni aires de despedida.

Ya no quiero besos de tinta,
ni lapices de colores.

Ya no quiero:"Besos para todos"
ni "un besazo guapa".

Ya no quiero un perfil desnudo
ni un bastón de ciego.

y definitivamente,
ya no quiero un ganso que vigile mi jardín

Necesito urgentemente
transfusión de Paladar
que reciba sensaciones corporales no imaginadas,
Árboles
que escondan Secretos azules de Intimidad,
y
Ojos
que cocinen tortas de Naranja.

12 junio 2009

los tres reyes magos de oriente

Todas las mañanas era la misma canción. Tu no te querías levantar para ir al colegio y a mi me daba pena despertarte tan temprano. Te veía tan pequeña y tan dormida, que cuando entraba en tu cuarto, me decía, “ay la dejo unos minutos más”. Luego volvía y te veía con aquella carita, que a veces discutía con tu padre y todo, pero me parecía demasiado temprano, las 9 de la mañana, despertarte para ir al colegio. No sé, si tan siquiera fueran las 10, y con aquel frío, en invierno, sacarte de la cama para ir al colegio, me daba dolor.
-Pero eso no puede ser. –decía tu padre- Tiene que ir al colegio como todos los demás niños.
Y te despertábamos y empezabas a llorar, a gritar, a patalaer:
-Yo no quiero ir al colegio -gritabas
Armabas unas jatas! que no, que no y que no había manera, que no querías y no querías. Al final, tu padre se iba a trabajar y tú te quedabas llorando hasta que te volvías a quedar dormida. Así pasaron cuatro meses. Tu padre, por la tarde, te sentaba en las piernas y te contaba que el colegio era un sitio donde ibas a hacer muchos amigos y a jugar con ellos. Te decíamos que aprenderías muchas cosas y que te iba a encantar, pero tú nada, no querías ni que mentáramos la palabra colegio.
Eras una cabezona, y cuando veías a las monjas, no, aquello sí que era una tragedia. ¡Era una cosa! Veías una toca o un hábito y te ponías a llorar como si te fueran a matar. Una vez íbamos a buscar a tu padre a la tienda y nos encontramos con la madre Dolores, -eso sí que no se me olvida-, y nos paramos a hablar con ellas, que iba con otra monja. Te saludaron y te dieron un beso y te dieron un chupa chups y tú nada, que no se te acercarán ni a tocarte. Me agarrabas la mano y tirabas con fuerza para que nos fuéramos de allí, y yo “ pero María dales un beso, si es la madre Dolores. Mira, mira lo que te ha regalado, un chupa chups de fresa”, pero nada no hubo manera. A mí me dio una vergüenza horrible. Nos fuimos casi sin despedirnos porque ya ibas a montar un número en la calle, que no podía ser. Y yo me decía “pero que tendrá esta niña con las monjas”, es que no te podían haber hecho nada porque no habías ido ni un solo día al colegio.
En ese diciembre tu padre y yo teníamos unas discusiones cada vez más grandes a cuenta de que la niña no quería ir al colegio, que claro llegó un momento que tu padre se plantó y dijo:
-Esto no puede ser. No pueden pasar las navidades y que María siga sin ir al colegio. Esta niña no puede perder más clases. ¡Que coge una jata, pues que la coja! ¡que tiene que llorar, pues que llore! Llorará el primer día y el segundo, pero ya verás como el tercero y el cuarto ya no llorará.
Tu padre tenía razón pero a mí se me partía el alma de verte caer aquellos lagrimones. Pensaba que te iba a dar algo. No sé, te veía tan pequeña, tan frágil, y gritabas de aquella manera tan horrible, que no me parecía normal. Así que se me ocurrió una idea.
Yo le propuse a tu padre un trato. Le dije:
-Mira, vamos a hacer una cosa. Ahora cuando pasen las fiestas y le traigan los regalos de reyes, le vamos a explicar que como es una niña buena tiene que ir al colegio, sino los reyes se volverán a llevar todos los regalo. Ya verás como así cede.
Tu padre no estaba muy de acuerdo pero bueno dijo vamos a ver.
Y llegó el gran día. Nunca me olvidaré de la cara que pusiste cuando viste todos aquellos juguetes. Te los pusimos todos en el fogón de la cocina y cuando tu entraste por la puerta, te quedaste parada, sin habla. No te movías. No decía nada. Te quedaste muda.
Y yo te decía:
-María, que te pasa hija. Di algo.
Y tú, nada. No reaccionabas.
-Ay mamina! a ver si ahora no le vuelve el habla!
Eran demasiados juguetes. Te quedaste embazada. Todo el mundo te había regalado algo: tus abuelos, los de Palencia, tus padrinos, Dulce y Gil, Tu tío pepe y tu tía Luchy, Gelines, la vecina de arriba Genoveva que te quería mucho… Ay! no sé. Era tal cantidad de regalos que yo me dije una y no más, Santo Tomás. Estuviste un buen rato sin decir ni mu. Hasta que tu abuela te cogió de la mano y te llevó cerca del fogón y te dab los regalos uno por uno. Pero vaya susto! Y luego, ¡que cosa son los niños! Tenías hasta una bicicleta, y tú ni la miraste, te quedaste jugando con unas figurinas diminutas y no las soltabas ni para dormir.
A los dos días empezaban las clases. Yo empecé a prepararte el uniforme y cuando viste todo ese movimiento, dijiste que tú no ibas a ir al colegio. Tu padre te explicó claramente que tu deber era ir a l colegio, que sino llamaría a los reyes magos para que se llevaran todos los regalos por no portarte bien y no querer ir al colegio.
-Bueno, pues llámalos y que vengan, pero yo no voy al colegio. –Dijiste con una claridad apabullante.
Esa misma tarde se presentaron tu tío, Nandi y Gil vestidos de reyes magos. Cuando sonó el timbre y tu padre abrió la puerta, pusiste la misma cara. Veías entrar a los reyes magos, uno a uno y no dijiste una sola palabra. Baltasar te preguntó si tú eras maría jose, la niña que no quería ir al colegio. Tú le respondiste que sí con la cabeza. El se agachó y te explicó que tu deber era ir al colegio a aprender. Le mirabas sin parpadear. Le escuchabas atentamente y le respondías con síes y con noes de cabeza, pero no despegabas los labios.
Yo estaba impresionada de verte hablar con ellos sin decir palabra, con aquella soltura, sin miedo y con una convicción como si fueras mayor, pero lo peor fue cuando sacaron el saco. Como no había manera de convencerte, pensaron que te iban a asustar y sacaron un saco de esos grandes de correos.
-Bueno, María, como no quieres ir al colegio, nos vamos a tener que llevar todos tus regalos aquí en este saco. ¿Dónde están los regalos?
Y fuiste a buscarlos tú misma. Los metiste uno a uno en el saco. No dejaste ni uno, hasta aquellos monigotes pequeños que no soltabas, también los metiste ahí y cuando estuvieron todos listos, cerraron el saco con un cordel y se fueron por donde vinieron. Los despediste y tú misma les cerraste la puerta. De aquellas lágrimas gordas, no te cayó ni una. Estabas entera y feliz. Te sentaste con tu abuela en el sofá y no hubo palabras.
Que personalidad tenías ya esa edad. Yo me quedé de piedra. Pero de cuando acá una niña de cinco años mete, ella misma, los regalos que le han traído los reyes en el saco para que se los lleven con tal de salirse con la suya, con tal de no ir al colegio, así que claro pasó lo que tenía que pasar, que tu padre se hartó y a la mañana siguiente dijo:
-Aquí se acaba esta pantomima de madre e hija.
Me hizo despertarte a la hora, ponerte el uniforme y te llevó él solito al colegió. Allí te dejó llorando con la madre Dolores.
¿Qué te parece? Siempre has sido una cabezona, pero ya desde pequeña. No te vayas a pensar que eso es de ahora. Siempre inventabas algo y hasta que no lo consiguieras, no descansabas, igualito que ahora.
-Gracias Mamá, necesitaba escuchar esta historia otra vez. Te quiero mucho. Te llamo mañana para ver como sigues, un beso.